Breve repaso de la vida del Imam Ali ibn Hussein Zaynul Abidin

 

La escena era irreal, como sacada de un sueño. Pareciese que toda la creación hubiese hecho un alto a su incansable y cíclico navegar sobre el mítico éter invisible de la existencia y acongojada y mustia se hubiese arremolinado en aquella pequeña, triste y gris habitación la cual ahora estaba iluminada por las radiantes luces que emanaban de los rostros de dos hombres que se miraban mutuamente, ambos con ojos cristalinos por el copioso torrente de lágrimas que brotaban reprimidas de la fuente de donde nacieron, mientras que una dama pesarosa y abnegada se hallaba sentada al lado de uno de ellos. Toda suerte de emociones diversas, dispersas aquí, allá y acullá se habían apoderado de todo el espacio y el tiempo y era tanto la pena que envolvía al universo, que el cielo, ahora en el paroxismo de la pena y la congoja, en un inefable arrebato de desconsuelo se disponía a llorar lágrimas de sangre.

Uno de los hombres era un joven de rostro prístino y puro, yacía él, inmóvil en el suelo, con las carnes magras y la mirada profunda y triste por cuenta de la severa enfermedad que padecía en el momento y por el torrente de emociones que fluían en su alma por causa de los incesantes gritos, alaridos y rechinar de fierros que durante todo el día resonaban desde el otro lado de su lugar de postración; gritos de heroísmo, de martirio de muerte.

El otro hombre quien lentamente ha entrado para encontrarse con el desfalleciente joven, se acerca como si arrastrase el peso del mundo sobre sus hombros. Viene dejando atrás los cuerpos yertos de sus hijos, hermanos, sobrinos y amigos íntimos. Su cara cubierta por el polvo y sudor, refleja los signos de cansancio y profunda tristeza y al mismo tiempo de inquebrantable resolución. Su brillante rostro rebosante de dignidad está adornado por un divino halo de santidad y beatitud que hace que cualquiera que lo mire reconozca que su linaje es un linaje valiente y honorable y que de niño se nutrió de amor, piedad y sabiduría de un regazo puro.

Los dos hombres se miran y hablan por un corto tiempo, se miran con ojos amorosos y de congoja y en algún momento, la desconsolada mujer es embargada por un incontrolable llanto mientras ambos hombres intentan consolarla. Al rato el santo del rostro puro se vuelve hacia la salida de la habitación y lentamente sale seguido de los ojos llorosos de los que se quedaron atrás, al salir de la triste habitación ya nunca más regresaría al seno de aquellos que se quedaron llorando su partida porque marchaba ya, con paso solemne al ineluctable encuentro con la eternidad y a bañarse del rojo liquido de la gloria y el martirio.

El joven hombre convaleciente era Ali y el hombre que caminó firme hacia la sublime gloria era su padre Hussein hijo de Ali (a.s) el yerno del profeta Muhammad (s.a.w).

Era el día de Ashura y Alí ibn Hussein fue testigo del horrible holocausto perpetrado por las hordas impías e impúdicas del entonces Califa Yazid el hijo de Muawiah contra sus familiares. Desde ese día hasta el día de su muerte no pasaría un solo día sin que llorase la tragedia que le sobrevino a su familia, a los hijos e hijas del profeta Muhammad (s.a.w), aquel que vino por orden de Dios a salvar a los árabes, los cuales se encontraban al borde del abismo del fuego infernal.

Después de la matanza colectiva en la cual se perpetraron los actos más barbáricos contra los valientes compañeros del imam Hussein y contra él mismo, los cautivos, en su mayoría mujeres fueron conducidos de la manera más inhumana y abominable desde el desierto de Karbala hasta Damasco la cual, en aquella época era el centro del gobierno del naciente imperio islámico.

Desde la distancia se dibujaban los cuerpos tristes y famélicos de las agobiadas figuras que lentamente ambulaban por valles y colinas, por pueblos y andurriales, de día y de noche encadenados como animales detrás de la gran caravana de soldados del ejército imperial quien los  exhibía por doquiera que pasase como un trofeo de guerra.

Sin lugar a dudas, esta gesta heroica y valiente en la cual el nieto del profeta Muhamad (s.a.w) y sus compañeros derramaron su sangre en las calientes arenas del desierto fue una materialización al más alto nivel del juramento aquel que el demonio hizo a Dios en aquel día infausto en que fue defenestrado del excelso lugar en el que moraba antes de la creación del hombre. Juró el maldito enemigo después de su expulsión, que nunca descansaría de atacar al hombre para así extraviarlo del camino recto y con eso demostrale al Creador de los cielos y la tierra que lo que él decía era la verdad respecto al desagradecimiento de los hombres. Es por eso que cuando el imam Ali hijo de Hussein (a.s) le preguntó a su padre en su lecho de enfermo: “¡Oh padre! ¿Qué pasó contigo y con esos hipócritas? “el imam Hussein (a.s) le respondió:

“¡Hijo mío! El demonio los controla a ellos. Él les hizo olvidar a Allah (s.w.t). La guerra empezó entre nosotros y ellos y el suelo se bañó con nuestra sangre y con la de ellos.”

Con esto se prueba, que estos impostores disfrazados de musulmanes no eran más que agentes de satanás a quienes el demonio sedujo fácilmente con falsas promesas de riquezas y poder para llevarlos a cometer tan colosal barbarie.

Esta historia ha estado repitiéndose por siglos, es decir la lucha incesante entre aquellos que movidos por un profundo espíritu de justicia y amor expresan sin miedo la verdad, para con ello guiar a otros, en la oscuridad, hacia la luz, para sacarlos de todo valle de perdición hacia los verdes y fértiles campos de salvación. Lo vivió el profeta Noé(a.s) ante los adoradores de ídolos, lo padeció el profeta Moisés(a.s) ante el faraón, lo sufrió el profeta Jesús(a.s) ante los judíos lo resistió el profeta Muhammad(s.a.w) ante los paganos de la Meca y aún en nuestros días de modernidad, lo vivió el pueblo de Irán cuando con una sola voz se levantó, guiado por un líder sabio, el Ayatola Jomeini y destronó una monarquía milenaria a despecho de quien él muy sabiamente llamó, “El gran Satán” y sus aliados en la lucha contra Dios y la humanidad. Lo estamos padeciendo los desheredados de la tierra, los pobres del mundo, los oprimidos de la modernidad que vemos con asombro y espanto que lentamente va tomando forma la implacable maquinaria piramidal de un solo ojo la cual yacía oculta tras los críptico e inescrutables códigos amparada por juramentos satánicos y pactos de sangre, pero que en estos días va revelando su monstruosa cabeza de las densas tinieblas para con ello llenar de mayor oscuridad, ignorancia y tribulación al mundo.

Con la partida del imam Hussein (a.s) la familia del profeta desaparecería por completo del escenario político y de dirección de la gran ummah islámica. Por virtud de su incomparable estatura espiritual continuarían al frente de las gentes guiándoles en los asuntos espirituales y de purificación individual.

Sin embargo, la persecución y el acoso a la familia del profeta y a sus seguidores continuarían sin mengua alguna. Restringiéndole su derecho divino a la guía de la comunidad de creyentes, los enemigos de la casa profética crearon un mar de contradicciones en el seno de la ummah las cuales sentaron las bases para el nacimiento de toda suerte de sediciones, levantamientos y opresiones en el seno de la gran comunidad islámica.

 El alejamiento de gran parte de las gentes de la fuente pura de la sabiduría profética, es decir, la familia del profeta y por ende, el acercamiento a otras luminarias nacientes del conocimiento profético y la exegesis coránica, las cuales eran indudablemente apoyadas y exaltadas por los líderes del estado islámico, afirmó mucho más no solo la aparición de nuevos conceptos, prácticas y creencias en la mayor parte de la sociedad islámica  sino también la casi total invisibilización del pequeño grupo de creyentes que a pesar de las penurias y dificultades que solían soportar aun siguieron fiel a las enseñanzas, directrices y prohibiciones emanadas de la casa profética, es decir, de los imames de la buena guía.

Y fue entonces, que después del martirio del imam Hussein (a.s), ese vacío que dejó el noble nieto del profeta, fue llenado por su hijo Ali ibn Hussein, también conocido como el imam Sajjad (a.s) llamado así por las frecuentes y prolongadas prosternaciones que diariamente solía realizar.

 A los seguidores fieles de los miembros de la casa profética, se les dio el nombre de Shiat ul Alí, puesto que fueron ellos, quienes apoyaron al imam Alí(a.s) padre del imam Hussein(a.s) y abuelo del imam Sajjad(a.). Estos mismos Shias permanecieron con el imam Hassan(a,s) y unos pocos de ellos, quizás los más fieles, fueron martirizados en Karbala con el imam Hussein (a.s). Este pequeño número de fieles reconocieron en el imam Sajjad (a.s) el imam de la época y lo siguieron y aprendieron de él.

Sin embargo, el imam se encontraba restringido, monitoreado permanentemente por el gobierno de la dinastía Omeya, quienes sabiendo la dimensión espiritual de los descendientes del profeta (s.a.w) hicieron todo lo posible por aislarlo, in-visibilizarlo y eclipsar su luz mediante la creación artificial de otras luces del conocimiento. Sin embargo, a pesar de los virulentos ataques que articularon, a pesar de las más infames calumnias, mentiras y tradiciones que instrumentalizaron e inventaron a pesar de la gran nube de polvo denso en forma de propaganda maliciosa que dispersaron a diestra y siniestra con la intención de apartar a la gente de la casa de la revelación, solo lograron hacer lo que en realidad hacen las nubes en el cielo, sin importar cuan oscuras estas sean, al final su oscuridad se desvanecerá y dará paso al sol de la verdad el cual brillará con más fuerza y sus penetrantes rayos de luz tocarán los corazones de aquellos que están predispuestos a aceptar la verdad.

 

El imam Ali As Sajjad (a.s) empezó desde su posición como guía un nuevo estilo de enseñanza del conocimiento islámico. Empezó a producir profundas plegarias y súplicas de alabanza al Dios de los cielos y la tierra. Estas súplicas eran de naturaleza excelsa, sublime puesto que a la vez que se alababa y pedía a Dios explicando sus bondades, sus atributos su majestuosidad y señorío sobre Su creación , poseía en su interior mensajes crípticos de denuncia al régimen y a la vez eran guía para los creyentes. Por supuesto, este nuevo estilo de enseñanza ocasionó temor en el corazón de los tiranos por lo que su oposición al imam creció aún más. El régimen había censurado la mención de las virtudes de los miembros de la casa profética por lo que ningún tipo de tradición o mérito de algún miembro de Ahlul Bayt(a.s) podía hacerse pública.

Con esta revolucionaria manera de alabanzas y plegarias a Dios, los seguidores de la familia del profeta memorizaban y aprendían secretamente estas gloriosas líneas de inspiración en forma de letanías y las fueron distribuyendo en el espacio y en el tiempo para las futuras generaciones. Estas exaltadas letanías son conocidas como los Salmos de la familia de Muhammad (s.a.w)

Desde que el imam Ali ibn Hussein (a.s) asumió el cargo de imam de la buena guía, se enfrascó en exponer las más altas virtudes del Islam, al mismo tiempo, el gobierno Islámico se veía amenazado por refriegas intestinas y luchas fratricidas que tuvieron su origen en la masacre de Karbala. El imam As Sajjad (a.s) no mostró afinidad con ninguno de los alzados en armas, porque él afirmaba que el tiempo de la revolución contra el gobierno Omeya aún no había llegado. Su vida en la ciudad de Medina la pasó en largas jornadas de adoración, enseñanza, asistencia secreta a los desposeídos y copiosas horas de llanto y lamento por la tragedia de Ashura.

Al final, al igual que sus ancestros y descendientes, el imam bebió de la copa pura del martirio al caer envenenado por los enemigos de la familia del profeta (s.a.w).

Que se puede aprender de la vida y obra del cuarto imam, imam Ali ibn Hussein (a.s):

Primero, es importante entender la profunda y pesada carga emocional que por toda la vida acompañó al imam. Fue testigo de la lucha y del martirio de su tío el imam Hassan (a.s), fue testigo impotente del holocausto del día de Ashura en donde todos sus familiares fueron martirizados por la horda de hipócritas nasibies que se llamaban a sí mismo musulmanes. Junto con su tía Zaynab(a.s) y los demás miembros de la casa profética fueron encadenados y obligados a caminar el largo trayecto desde Karbala hasta Damasco. Ya en Damascos, enfrentó valientemente al tirano Yazid(l.a) y si no hubiese sido por la osada y bravía intervención de su tía Zaynab(a.s) el imam hubiese sido martirizado en el palacio del tirano. Después de este período de torturas y humillaciones el imam (a.s) regresó a Medina.

Eran tiempos difíciles en toda la geografía de la sociedad islámica, las revueltas y sediciones se sucedían unas tras otras, la tergiversación de las leyes islámicas eran generalizadas y las represiones contra la gente de la casa eran cada día mayor.

¿Cómo reaccionó el imam ante todos estos retos y tribulaciones? El imam As Sajjad (a.s) tuvo paciencia y buscó el apoyo en Allah (s.w.t). Se dedicó por completo a la purificación del alma de los verdaderos Shias y los guió hacia la perfección de la buena moral y la excelsa conducta. Solo después de haber purificado el interior y de haber comprendido la verdadera realidad de la vida manifestada a través del Corán y la Sunna del profeta (s.a.w) se puede proceder a transformar lo que es incorrecto, opresivo e inmoral. En su camino hacia la excelencia espiritual, el imam legó a sus Shias tesoros de la sabiduría los cuales fueron protegidos y enseñados a las generaciones postreras.

 

Nuestro momento histórico se asemeja al momento que vivió el imam Zaynul Abidin(a.s), la opresión, masacre y persecución contra los Shias se ha incrementado exponencialmente. Ésta no procede únicamente de los tiranos que aún guían los asuntos de los musulmanes, sino también de los nasibies disfrazados de piadosos, llamados también Takfiries, por su inflexible e irracional odio hacia la familia del profeta y sus seguidores a quienes denuncian como No musulmanes. Aún más, en una reminiscencia del infausto momento histórico que vivió el profeta Muhammad en Medina, cuando tuvo que enfrentar una formidable fuerza compuesta por infieles, idolatras e hipócritas disfrazados de creyentes, estos Takfiries han aunado fuerzas con los paganos y con los idólatras para abalanzarse sin piedad contra los chiitas. Han organizado, financiado e instrumentalizado el ejército más despiadado de la historia del Islam para apagar de una vez por toda con el mensaje más puro del Islam mediante el genocidio sistemático, el terrorismo y la ciega destrucción de todo lo que recuerde el nombre y la historia de la familia del profeta(s.a.w). El odio genocida y la sed de sangre de estos agentes de las fuerzas de las tinieblas no conocen límites. Sus espíritus han sido poseídos por fuerzas satánicas y éstos a su vez los han enloquecido al punto de llevarlos a cometer crímenes contra inocentes peregrinos en la casa sagrada de Allah (s.w.t) cuando estas víctimas inocentes eran los huéspedes del Todopoderoso.

Se han armado con las armas más destructivas y la propaganda más tendenciosa, virulenta y vil para destruir países enteros. Han envenenado el alma y espíritu de millones de jóvenes enseñándoles ideas falsas que solo han creado generaciones de jóvenes ignorantes, fanáticos, llenos de odio hacia todo lo que no haga parte de su dogma perverso, y desprovistos de la más tenue sombra de remordimiento o humanidad después que cometen sus horrendos crímenes contra niños, ancianos, mujeres, etc.

En estos momentos de tribulación, es nuestra obligación dirigirnos solemnemente hacia el sagrado Corán y la Sunna del profeta (s.a.w), purificar nuestra intención y nuestras acciones. Pedir con ansiedad y esperar con paciencia la venida del imam de nuestra época. Acercarnos a nuestros guías islámicos buscando en ellos la dirección correcta y el sosiego ante la zozobra constante. Estar atento a las acciones astutas y engañosas de los enemigos para no caer en su trampa. No se debe realizar un aislamiento del mundo puesto que el mundo ya está frente a nosotros por doquiera que vayamos, debemos involucranos en los asuntos que nos obligan para evitar nuestra destrucción como grupo minoritario y blanco de los ataques arteros y mortales de los enemigos de la humanidad, de Dios y de su profeta. Preparar la venida del Imam es nuestra obligación, dedicar nuestra vida a complacer a Dios es nuestro destino.

 

Carlos V. Carabalí —Ali Abdul Rasheed

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