En el nombre de Dios

¡Felicidades a todos los musulmanes del mundo en esta ocasión, cumpliéndose un nuevo aniversario del nacimiento del “Imam Rida” (P), el octavo inmaculado imam del Islam!

IMÂM ‘ALÎ IBN MÛSÂ AR-RIDÂ
EL OCTAVO DE LOS INMACULADOS IMÂMES
(La paz sea con él)

El Sol del Imâmato se presenta en cada uno de los doce Inmaculados Imâmes con una luminosidad diferente; pero por cualquier punto cardinal que rompa el alba, su luminosidad y claridad, atrae la atención de las miradas. Su calor y resplandor ofrecen vida y dan existencia. Desde las púas de los matorrales del desierto, hasta los altos árboles de los verdes jardines, todas y todos necesitan de su luminosidad y calor. Ninguna hoja puede subsistir sin la calidez de sus rayos, y ninguna rama da fruto sin haber aprovechado de la misericordia de su esplendor… Así es, si nuestro Mundo careciese de esta luz, decaería.

Para la continuación de la existencia del Islam y los musulmanes, el liderazgo de nuestros Inmaculados Imâmes se asemeja al Sol, a su luz y calor. Tomando en cuenta las condiciones y exigencias especiales de la época en que vivieron estos grandes hombres, y las diferentes situaciones en las que se encontraron, ellos iluminaban, guiaban y educaban a sus seguidores, sobresaliendo cada uno de ellos en su época de una u otra forma. Y fue así como algunos en el campo de batalla llevaron a cabo una epopeya e hicieron llegar su mensaje al mundo entero a través de su sangre; otros se esforzaron sobre las tribunas para difundir la ciencia y sabiduría, y otros soportando las cadenas y prisión, o se enfrentaron a los rebeldes y arrogantes, etc. Eran como el Sol que iluminaba a la gente y se dedicaban a despertar e instruir a los verdaderos musulmanes. Sin duda para aquellos que entienden, es evidente que todos ellos perseguían un mismo propósito, y su intención era: “Dios”, y su camino: “expandir Su religión, difundir Su Libro y educar a Sus siervos”.

Así es, nuestros Inmaculados Imâmes, por su alta jerarquía de pureza y liderazgo tan particular en ellos, y por la ciencia y sabiduría que es propia de un Imâm y favor de Dios, y según lo dispuesto por el Todopoderoso para las necesidades especiales de sus épocas, eran –entre los demás– los más aptos en cuanto a la forma de gobernar en cualquier tiempo. Este asunto no puede negarse ni ocultarse y queda perfectamente claro para todos aquellos que creen en el verdadero y auténtico Islam, y que Dios es el único que elige al Imâm, argumento que fue anunciado así por el Profeta del Islam en el suceso de Al-Gadîr. La historia de la vida de nuestros Inmaculados Imâmes está colmada de ejemplos de la erudición y visión que poseían estos grandes personajes.

Fue por ese profundo conocimiento respecto a todo lo relacionado con la sociedad y con su época, por la noción de éstos tocante a la creación del Universo, y por su sabiduría respecto a lo que sucederá hasta el día del Juicio Final, que nuestros Imâmes con su delicada actitud, encontraron la mejor forma para enfrentarse a los problemas de su tiempo y para cumplir los objetivos Divinos.

Como ejemplo es muy interesante observar cómo el Imâm ‘Alî Ibn Mûsâ Ar-Rida (P) después de su padre y durante el gobierno de Hârûn Ar-Rashîd (169-193 H.L./786-809 d.C.), sin disimular se presentó a sí mismo y difundió el imâmato, mientras que sus compañeros cercanos temían que fuese asesinado. Y este gran hombre decía abiertamente:
“Si Abû Ÿahl pudo quitar un cabello de la cabeza del Profeta, Hârûn también podrá lastimarme a mí”.

O sea, el Imâm estaba completamente consciente de que su imâmato no podía ser dañado por las intrigas de Hârûn y sabía que todavía le quedaban años de vida. Si ponemos atención en esta sabiduría, nos daremos cuenta de qué tan sutilmente actuaban estas grandes personalidades.

El octavo de nuestros Inmaculados Imâmes, ‘Alî Ibn Mûsâ Ar-Rida (P), vivió en la época en la que el infame gobierno Abbasí se encontraba en su culminación, y Hârûn Ar-Rashîd y Al-Ma’mûn fueron los gobernadores más dominantes de la dinastía de los Banî ‘Abbas. Por otra parte, la política llena de falsedad y engaños que llevaban los abbasíes en cuanto a los Imâmes –especialmente desde el liderazgo del Imâm Ar-Rida (P) en adelante–, estaba acompañada de hipocresía y simulación. A pesar de que los abasíes se encontraban sedientos de la sangre de los Imâmes, para protegerse del levantamiento de los seguidores del Imam ‘Alî (la paz de ALLAH sea con él) y atraer los corazones de los shiítas, trataron de aparentar que mantenían una cercana y buena relación con la familia del Imam ‘Alî (P), y salvaguardarse por medio de este comportamiento. Durante el gobierno de Al-Ma’mûn podemos observar abiertamente esta sucia política.

El Imâm Ar-Rida (P) actuó con delicadeza ante esta engañosa táctica de Al-Ma’mûn, evitando que éste llegara a su propósito, despertando a la sociedad islámica y dilucidando para los musulmanes que el verdadero gobierno es únicamente el determinado por parte de Dios, el anunciado por el Profeta y el entregado a los Imâmes, y no hay nadie más apto que ellos para este cargo.

SU NACIMIENTO Y NOMBRAMIENTO

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El undécimo día del mes de Dhul Qa’dah del año 148 H.L. (29-12-765 d.C.) en Medina en la casa del Imâm Mûsâ Ibn Ÿa‘far(la paz de ALLAH swt sea con él) un niño abrió sus ojos al mundo , que después de su padre fue el centro de la fe y sabiduría, y guía de la sociedad. Lo llamaron ‘Alî, y durante su vida fue conocido bajo el nombre de “Rida” que significa “el satisfecho”.

Su madre “Naymah”, fue conocida como una gran dama, inteligente, crédula y abstinente.

Ante todo, nuestros Inmaculados Imâmes eran descendientes de los mejores padres, y fueron educados bajo la tutela de sobresalientes y virtuosas mujeres.

El Imâm Ar-Rida (la paz de ALLAH swt sea con él) en el año 183 H.L. (799 H.L.), después del martirio de su padre, el Imâm Mûsâ Al-Kâdzim (P) en la cárcel de Hârûn, a la edad de los treinta y cinco años, tomó la guía del imâmato en sus manos y aceptó ser el líder de la gente.

El imâmato de este admirable hombre fue, al igual que los demás Imâmes, según lo dictaminado por el Mensajero del Islam y con la presentación de él por parte de su padre.

El Imâm Al-Kâdzim (P) antes de ser encarcelado, había determinado quién sería, después de él, el octavo Imâm verdadero y prueba de Dios sobre la Tierra, para que sus seguidores y buscadores de la justicia no quedaran en la oscuridad, y no se desviaran.

“Majzûmî” argumenta: El Imâm Al-Kâdzim (P) me llamó y dijo:
“¿Acaso sabéis por que os he llamado?”
“¡No!”
“Quería que fueseis testigos que este, mi hijo –y apuntando hacia el Imâm Ar-Rida (P) continuó diciendo–, será mi heredero y sucesor…”.
“Yazîd Ibn Salît” manifiesta: Para realizar la peregrinación nos dirigíamos hacia La Meca, en el camino nos encontramos con el Imâm Al-Kâdzim (P), y le pregunté:
“¿Conoces este lugar?
Respondió: “¡Sí! ¿Tú lo conoces?”
“¡Sí! En este mismo lugar fue donde mi padre y yo nos encontramos con vuestro padre y con vos. Los acompañaban vuestros otros hermanos. Mi padre dijo al Imâm As-Sâdiq (P): ¡Ofrezco a mi padre y madre por vosotros! Vosotros sois nuestros Inmaculados Imâmes, y nadie ha vivido eternamente. Decidme aquello que deba transmitir a los demás para que no sean de los perdidos”.
El Imâm As-Sâdiq (P) le dijo:
“¡Oh, Abû ‘Umarah! Estos son mis hijos y el mayor de entre ellos es él –apuntando hacia vosotros–. Él tiene la habilidad para dictaminar, posee entendimiento y generosidad, sabiduría y erudición de aquello que requiere la gente, y también es sabedor de todo aquello referente a la religión y al mundo que la gente requiere; posee un buen temperamento y él es uno de los senderos que llevan hacia Dios.
“¡Infórmame al igual que vuestro padre informó al mío! Y decidme quién será el Imâm después de vosotros”. Le pedí.
El Imâm, después de explicar respecto a que el imâmato es una disposición Divina y que el Imâm es elegido por parte de Dios y Su Enviado dijo:
“Después de mí, el imâmato pasará a manos de mi hijo ‘Alî, que lleva el mismo nombre que el primer Imâm, ‘Alî Ibn Abû Tâlib, y el cuarto Imâm, ‘Alî Ibn Al Husaîn…”.
En ese momento reinaba un ambiente sofocante en la sociedad islámica y fue por ello que Imâm Al-Kâdzim (P) pidió a Yazîd Ibn Salît al final de su entrevista:
“¡Oh, Yazîd! Lo que te dije guárdalo como un secreto. Y revélalo únicamente para aquellos que son de fiar”.
Yazîd Ibn Salît argumenta: Después del martirio del Imâm Al-Kâdzim (P) fui a ver al Imâm Ar-Rida (P). Antes de que pronunciase palabra alguna dijo:
“¡Oh, Yazîd! ¿Me acompañas al Haÿÿ Umrah?
Respondí: “¡Ofrezco a mi padre y madre por ti! Vosotros mandáis, pero yo no tengo dinero para realizar este viaje”.
“Tu viaje corre por mi cuenta”. Me dijo.
Nos dirigimos hacia La Meca, llegamos al lugar donde años atrás me había encontrado con los Imâmes As-Sâdiq (P) y Al-Kâdzim (P)… Luego relaté al Imâm la ocasión en que me había entrevistado con su padre y aquello que había escuchado de él.

MORAL Y CONDUCTA DEL IMÂM

Nuestros Inmaculados Imâmes vivían entre la gente y para la gente, prácticamente enseñaban a la gente como vivir, la pureza y las virtudes. Ellos eran un modelo y ejemplo para los demás, y a pesar de que el rango del imâmato los hacia destacar entre la gente, y eran los escogidos y prueba de Dios sobre la Tierra, no tenían un sitio especial en la sociedad, no se alejaban de la gente, tampoco poseían monopolio ni llevaban una vida privada como los reyes y opresores; jamás obligaban a la gente al yugo, ni la ofendían y mucho menos la humillaban.
“Ibrâhîm Ibn ‘Abbas” relata: “Nunca vi que el Imâm Ar-Rida (P) fuese falto de bondad con alguien; ni tampoco vi que cortase las palabras de otro antes de que terminase de hablar, jamás despedía a un necesitado sin darle lo que éste le pedía y estaba al alcance del Imâm, frente a otros no estiraba sus pies, nunca vi que hablara con ninguno de sus sirvientes descortésmente, nunca se reía a carcajadas sino únicamente dejaba ver una sonrisa en sus labios, cuando llegaba la hora de la comida todos los ocupantes de la casa inclusive el portero y el establero se sentaban a la mesa y comían junto al Imâm. Por las noches dormía poco y más bien la pasaba en vela, y la mayoría de las noches se quedaba despierto hasta la madrugada orando. Ayunaba en demasía y no olvidaba ayunar los tres días del mes.  Realizaba buenos actos en secreto, y sobre todo aprovechando la oscuridad de la noche ayudaba de incógnito a los necesitados.

“Muhammad Ibn Abî ‘Ibâd” narra: “En verano el Imâm cubría el suelo con una estera y en invierno con una alfombra de lana. Su ropa –de casa– era burda y tosca, pero cuando se presentaba en alguna reunión social, se arreglaba y vestía como los demás”.

Una noche el Imâm tenía invitados. Cuando estaban platicando la lámpara se apagó. El invitado del Imâm estiró la mano para arreglarla, pero el Imâm lo detuvo, arreglándola él mismo, entonces dijo: “Nosotros somos un grupo que no acepta que nuestros invitados trabajen”.

En otra ocasión en el baño público, un hombre que no conocía al Imâm le pidió que le ayudara a bañarse, el Imâm aceptó y comenzó a bañarlo. Los demás bañistas presentaron al hombre al Imâm. El hombre avergonzado comenzó a disculpares, pero el Imâm sin poner atención a lo que decía el hombre, continuó bañándolo, y le decía: “¡No tiene importancia!, ¡no tiene importancia!”

Un hombre dijo al Imâm: “¡Juro por Dios, que de entre los antepasados que ocuparon la Tierra, ninguno se asemeja a vuestros ancestros en cuanto a superioridad y generosidad!” El Imâm respondió: “La abstinencia les proporcionó generosidad, y la obediencia a su Creador, los hizo superiores”.

Un sirviente del Imâm de nombre Yâsir cuenta: El Imâm Ar-Rida (P) nos había dicho: “Si algún día os encontráis comiendo y yo os llamo para algo, no os levantéis hasta que terminéis de comer”.

En muchas ocasiones sucedió que el Imâm nos llamaba y le informaban: “¡Están comiendo!”
Él respondía: “Dejadlos que terminen de comer”.
En una ocasión un desconocido vino a ver al Imâm y después de saludar dijo: “Yo soy vuestro admirador, admirador de vuestro padre y ancestros. Voy de regreso de la peregrinación y se me ha terminado el dinero. Si os parece, dadme una cantidad para que pueda llegar a mi ciudad y allá de vuestra parte entregaré esa misma cantidad a los necesitados, ya que yo en mi ciudad no soy indigente y en estos momentos que me encuentro de viaje me veo necesitado”. El Imâm se levantó y se dirigió a otra habitación. Trajo consigo doscientos dinares y estirando la mano por arriba de la puerta llamo al hombre y le dijo:
“Toma estos doscientos dinares y compra lo necesario para tu viaje. No es necesario que des limosna de mi parte”. “El hombre tomó el dinero y se fue. El Imâm salió de la habitación y regresó a su lugar. Entonces le preguntaron: “¿Por qué no dejó que el hombre lo viese cuando le entregó el dinero?” “Para no ver la vergüenza que siente un necesitado al pedir algo”, respondió el Imâm.

Nuestros purificados y grandes Imâmes respecto a la educación y guía de sus seguidores no se limitaban únicamente a decirlo de palabra, sino que ponían especial atención en la forma de actuar de éstos, y de inmediato les hacían ver sus faltas, para que tanto ellos como los otros y los venideros entraran en el sendero recto y adquieran conocimiento.

Uno de los compañeros cercanos al Imâm Ar-Rida (P), “Sulaîmân Ÿa‘farî” relata: “Me encontraba con el Imâm para tratar varios asuntos. Cuando terminamos y me disponía a irme, dijo:
“¡Acompáñame esta noche!”
Cerca del ocaso nos dirigimos a su casa. Sus sirvientes se encontraban ocupados haciendo unas reparaciones en la casa. El Imâm divisó a un desconocido entre ellos, entonces preguntó:
“¿Quién es él?”
“Nos ayuda, ya le daremos algo”. Le respondieron.
“¿Habéis determinado la paga?”
“¡No! Lo que le demos, acepta”.
El Imâm se enojó. Yo le dije: “¡No os preocupéis!”

“Muchas veces se los he dicho, cuando traigan a alguien que les ayude en el trabajo, antes de que comience deben determinar la paga y hacer un contrato con él. Aquél que realiza un trabajo sin contrato y sin ser determinada la cantidad de su paga, si al final le entregan el triple de la paga que merece, cree aún que habéis sido injustos, pero cuando le dais lo convenido en el contrato, estará agradecido que actuasteis según lo acordado. Y si en esta situación le entregáis algo más de lo convenido, aunque sea poco, entiende que le disteis más de lo pactado y os quedará agradecido”.

“Ahmad Ibn Muhammad Ibn Abî Nasr Bazantî” que era considerado uno de los grandes compañeros del Imâm ‘Alî Ar-Rida (P) manifestó: “En una ocasión, acompañado de tres de los compañeros del Imâm, fui a visitarlo y estuvimos con él durante cerca de una hora. Cuando quisimos regresar el Imâm me dijo:
“¡Oh Ahmad, siéntate!”
Mis compañeros se fueron y yo me quedé con el Imâm. Aproveché para hacerle algunas preguntas que tenía, las cuales me respondió. Ya entrada la noche quise retirarme, entonces el Imâm preguntó:
“¿Te vas o te quedas conmigo?”
Le contesté: “Lo que vos dispongáis. Si ordenáis que me quede, me quedo; y si no, me retiro”.
“¡Quédate! –Y apuntando hacia una cobija continuó diciendo– Puedes dormir ahí”.
Entonces el Imâm se levantó y se dirigió a su lecho. Yo, alegre me prosterné y dije: “Gracias a Dios, que la prueba de Dios sobre la Tierra y el heredero de la sabiduría de los Profetas, entre nosotros cuatro que venimos a visitarlo, me ha agraciado a mí de tal forma”.
Me encontraba aún en posición de prosternación que repentinamente el Imâm regresó a la habitación. Me levanté. El Imâm tomó mi mano y apretándola entre las suyas dijo:
“¡Oh, Ahmad! El Amir de los Creyentes, ‘Alî (P), fue a visitar a Sa‘sa‘ah Ibn Sûhân (que era uno de los compañeros especiales de ese Imâm), cuando quiso retirarse le dijo: “¡Oh, Sa‘sa‘ah! No te sientas orgulloso entre tus hermanos por el hecho de haberte visitado. Sé abstinente y teme a Dios, sé humilde y sumiso por Dios, que Él te otorgará una elevada dignidad”.
El Imâm Ar-Rida (P) quiso advertirle que ningún hecho toma el lugar de la formación de sí mismo, ni el de las buenas acciones, y que no debía sentirse orgulloso por cualquier distinción. No por ser de los cercanos al Imâm ni la atención que éste te tenga, deben hacerte sentir orgulloso y superior a los demás.

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